viernes, 24 de octubre de 2025

Le he dado una buena lección a mi papá

 

Y fue por una apuesta que hicimos hace unos días. Resulta que el quiso poner a prueba mi fuerza de voluntad. Salió por lana y volvió trasquilado. Le vencí contra todo pronóstico. Ni siquiera yo creía que pudiera tener tanto autocontrol. En fin, no me enrollo más y voy al lío:


- Hay unos bollitos que se llaman "Manolitos", que me gustan mucho. Y hace poco, han sacado unos nuevos con sabor a pistacho. El caso es que mi papá se apostó 10 euros a que no iba a aguantar la tentación de comérmelos hasta después de visitar al dentista. El muy cabroncete me los trajo para la hora para la hora de merendar, más o menos después de salir del cole, sobre las 4 y media. Yo tenía el dentista sobre las 6, así que ya podéis imaginar que estaba ya con un hambre canina. Seguro que me hubiera comido incluso a Anibal Lecter. Pero lo peor de todo es que este "paposo asqueroso" empezó a notar mi voluntad inquebrantable de resistir como una leona, como una fiera salvaje y entonces me pasó la bolsa con los curasanes cerca de mi rostro y poniendo como voz de Pato Donald, me decía:


----Vamos Amy, pruébalos, están deliciosos......uuuummm que ricos que están.....y con el hambre que tienes..... no sé... igual quieres probarlos. Si por perder una apuesta no pasa nada. 

Mientras conducía para llegar a casa me insistía de vez en cuando en cuidar el aspecto nutricional para una niña que había hecho mucho deporte ese día. Pero yo ya había decidido que no tenía ninguna intención de rendirme. Una especie de voz interior me decía que fuera fuerte, que aguantase, quería hacer morder el polvo de la derrota a mi papá. Quería sentirme fuerte y poderosa, porque en el fondo pensaba que mi papá quería ver como reaccionaba y yo deseaba que se sintiera orgulloso de mí, de ver que su hija ya se está haciendo mayor y puede controlar sus impulsos.


Cuando llegamos a casa, miré con ojos desafiantes a mi papá, pero mis tripas ya bufaban y rugían como a mi gatita Tesa cuando la hago rabiar. Mi papá se dio cuenta y me ofreció un ecológico y sostenible tomate de la huerta mediterránea, que devoré con indisimulada satisfacción. Y es que mi papá, en el fondo, no era tan malo. No quería que fuera  a hacerme la limpieza dental sin haber comido. 

Pero no se dio por vencido y siguió porfiando en que deglutiera, como fuese, aquellos deliciosos manjares de repostería. Yo seguía aguantando aquel desafío. Ya era una cuestión de orgullo personal. 

Nos fuimos al dentista y, para colmo, tardaron más de media hora en hacerme la limpieza dental más otra media hora que tuve que aguantar más, debido a que me pusieron una especie de plastilina en los dientes, para que quedasen más limpitos. Volvimos a casa sobre las 6 y media. Cada vez quedaba menos para salir airosa y victoriosa de esta gesta, pero estaba ya al límite de mi paciencia y cada poco, le preguntaba  a mi papá cuanto faltaba para poder comer los "Manolitos". Me recordaba a cuando era pequeñita y en los viajes preguntaba a mis papás cuanto faltaba para llegar.

Cuando al fin, reconoció su derrota, me felicitó por mi paciencia y determinación. Me dijo que se sentía muy orgulloso de mí y que eran los 10 euros mejor invertidos en toda su vida. 

Yo estuve a punto de emocionarme y todo pero me pudo el ansia viva y me zampé los "Manolitos" sin contemplaciones. Y como premio adicional, con un batido de chocolate.

Mi papá me dio una gran abrazo y un besazo y para mí eso fue una recompensa mucho más grande que los 10 euros que me había ganado a pulso.

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